De las muchas y diversas actuaciones en las que se desarrolla el trabajo de la gestión de los recursos humanos existe una que, por ser quizá la fundamental, pasa a veces desapercibida a los ojos de la mayoría. Normalmente todos los debates se centran en todo aquello que los técnicos, consultores o psicólogos ponen en marcha para orientar o “posicionar” a una serie de sujetos con el fin de conseguir unos determinados objetivos.
La necesidad de tratar a las personas como capital para invertir y obtener ventaja competitiva, se hace cada vez más patente en una sociedad en donde prácticas como la reestructuración, la subcontratación, y la reducción de plantillas, entre otras, empieza a ser algo habitual. Para que un recurso empiece a ser competitivo y ventajoso necesita ser algo que la competencia no pueda duplicar como la tecnología, el equipamiento o el producto.
Sea cual sea el ámbito desde el que se abarque el tema de la formación (instituciones, organismos, universidades, fundaciones, sindicatos, etc.) ésta aparece como un instrumento necesario para el desarrollo y la especialización de la sociedad en la que vivimos. Nuestra manera de vivir se ha convertido en algo complejo, alejado de la vida rural que anteriores generaciones aprendieron a través de los saberes tradicionales.
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